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13/04/08

PERCHÉ MI PIACE


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¿Sabés?

Hoy me dí permiso para cambiar.

Hace ya algún tiempo que me di cuenta que cumplí 54 años y que aunque mi cabeza se resiste a sentirse tan maduro, mi cuerpo lo exige.

Ya no tengo los 57 kilos de mis 18 años y casi los he duplicado y mucha, pero mucha gente me ha sumado a sus burlas o cargadas, también a sus discriminaciones que llegaron a doler y hacer mucho daño.

Con el tiempo he aprendido a amarme como soy, sin que me importe la opinión de los demás, en particular cuando no la he pedido.

Me he encontrado con todo tipo de gente en la vida y ha sido una suerte (y bastante trabajo a veces) poder sortear a aquellas que son mezquinas, envidiosas, dañinas y malintencionadas.

También conocí a algunas que se precian de ser espontáneas y frontales, cuando en realidad tienen incontinencia verbal y desequilibrio cerebral, producto quizá de una aburguesada manera de hacerse notar como una persona liberada, o sea la típica Maitena; la misma que cuando “le pintan el rostro con corcho quemado” es incapáz de pedir disculpas, porque a eso y al perdón lo consideran de extraterrestres”

También encontré a los olfas, los lameculos y los serviles; aquellos que cuando se encuentran con uno pretenden que uno sea con ellos como ellos son con los que los pueden.

También me topé con esos políticos que de tanto prometer, a la tercer palabra ya te diste cuenta que te están verseando. Me encanta mirarlos a los ojos y verlos ponerse incómodos, aunque debo reconocer que algunos, son inmutables, aún ante la presencia de un frasco con nitroglicerina a punto de caer a su lado.

Y de algunos de los que trabajan con ellos, gente buena, honesta, capaz, quizá con la inocente creencia que pueden cambiar parte de la historia, aunque sea chiquita como un grano de arroz y que terminan incendiando sus nombres si no saben saltar del barco a tiempo.

Lo lindo de mi vida, es haber conocido el amor de tantas maneras diferentes y de tantas personas.

Podría empezar con mis “novias” de la adolescencia y después con las que la vida me fue poniendo en el camino.

Sé que con cada amor hubo también un tallo de espinas en mis manos y que quizá con el del presente tenga turno para lo mismo en el futuro, pero no me preocupa, porque lo bueno y válido es vivirlo; sentir bullir la sangre entre la piel y los huesos y ver como se derraman los poemas sobre las hojas blancas de un cuaderno, o manchar con tinta sangre versos de dolor por un amor que ha partido.

Eso es sentir que estoy vivo, que respiro y saber que nada material de lo que tengo y mucho menos de lo que me falta puede recompensar el estado de ausencia de aquel amor prohibido.

Voy a seguir siendo quien soy, a seguir creciendo, le guste a quien le guste y le disguste a quien le disguste.

He aprendido a diferenciar entre la palabra que me acercan al oído con la intención sana del amigo, a la palabra mezquina de quien envidia tontamente.

A veces, cuando los veo en sus vidrieras compadreando con un trozo de queso en un palillo y un vino “caro” para hacer ver que pueden, me causa mucha gracia y debo mirar para otro lado, pues me hacen pensar en el mísero ratón que ha caído en la trampa y se está comiendo el queso.

Y después vienen los otros, los amigos, en realidad no sé si tan amigos, pero esos que comparten muchas cosas con uno y que te das cuenta que están tirando del carro para el mismo lado y se te aliviana la carga.

También están los AMIGOS, aquellos que aún estando lejos y en algunos casos sin haberte conocido personalmente se comportan mejor que un propio hermano.

Nunca cambiaría a mis amigos, mi maravillosa vida o mi familia por menos canas o un vientre más plano.

He visto a demasiados seres queridos partir de este mundo antes de entender la libertad que proporciona vivir la vida con intensidad y ahora me siento con derecho a cometer más errores y a ser un poco desordenado o extravagante.

A tener la espontaneidad del niño y sus ilusiones, pero ser reservado en los momentos necesarios, sin refregarle a quien no es feliz, de lo dichoso que soy y de lo millonario en afectos que me siento.

Quiero el día de mañana, que espero no sea muy lejano, poder disfrutar a / y con mis nietos, lo que me quede de futuro.

Quiero enseñarles a hacer barriletes y volarlos, manejar con destreza los trompos de madera, jugar con ellos a las bolitas y ensuciarme de tierra, agua y pasto aunque se percuda la ropa.

Quiero comer helados, andar en calesita, subirme en los kartings con motor y dar cien vueltas en un solo viaje.

Quiero enseñarles a ponerle masilla a los autitos de juguete y hacer carreritas en los cordones de las veredas.

Ir de pesca con ellos y sacar muchas mojarritas, para hacer una “fritanga” y empacharnos con ellas pan y coca.

Quiero abrir la heladera sin temor de que se escape el frío y volver a meter un dedo en el frasco de dulce de leche y saborearlo con las papilas de lo prohibido, también hacerlo con el frasco de savora, la mermelada de ciruela y “robarme” un “cacho de pizza fría” y comerla viendo “El Chavo”

Y si pudiera a Dios pedirle un milagro, le pediría que me vuelva a la vida a mi perra India, para sentir una vez más su amor puro y cristalino desde sus ojos resignados para borrar la imagen cuando lamió mi mano aceptando aquella inyección letal para evitarle un sufrimiento innecesario, pero que me la devuelva sana aunque sea por un rato y mentirme que nada ni nadie podrá separarme de ella.

Creo que lo que extraño, es la simpleza de aquella vida, sin preocupaciones mayores que no ensuciar las hojas del cuaderno, poder con aquellas sumas y restas que se tomaron venganza una vez que las aprendimos cuando se transformaron en multiplicación y división que me hacían tragar lágrimas, mocos y galleta.

Voy a seguir siendo como soy y si cambio será para mejor, primero para mi y luego para ti.

Quédate tranquilo, esto fue sólo una licencia, una licencia real que me otorgo, porque tengo ganas y porque me di el gusto de escribirlo.

Si me necesitas, sabes donde encontrarme.

© Raúl Lelli