21/11/08
EL COFRE DEL PIRATA MALAMANO

EL COFRE DEL PIRATA MALAMANO
De regreso a casa tras haber pasado una noche de pesca con mi hermano, discutíamos sobre cual de los dos tendría la difícil tarea de faenar los ciento cuarenta y tres pejerreyes. Como él insistía en que fuera yo, aduciendo que estaba cansado, mi argumento de que estábamos en igualdad de condiciones, era el más fuerte porque yo había conducido, había preparado el asado y él tan solo el mate; y le dije que yo limpiaría los míos que eran los menos, pues mientras yo asaba la carne, el señorito pescaba hasta con mi caña.
La risa brotó de inmediato, pues mi hermano y yo nunca peleamos y quizá quede en el recuerdo de la infancia alguna rencilla menor por lograr quien leyera primero el semanario de Patoruzito, que era el único motivo por el que podíamos discutir si no se respetaba el orden de una primera vez cada uno.
Caprichos de niños, pues nuestros padres semanalmente nos compraban todo tipo de revistas, desde el Billiken, la enciclopedia Lo Sé Todo, las historietas de Dàrtagnan, El Tony, Súperman, Bat Man, Linterna Verde, La pequeña Lulú, El Selecciones de Riders Digest y cuanto papel para nuestra edad podían sin descontar los libros como La Cabaña del Tío Tom, Tom Sawyer y todo lo escrito por Julio Verne.
Como no podía ser de otro modo, terminamos los dos arremangados uno en cada punta de la pileta de lavar del patio de la casa de mi hermano, mientras Syra, una gata atrevida (su mascota preferida), nos refregaba su lomo entre las piernas con la clara señal de que le arrojáramos las vísceras y las cabezas de los pescados haciéndonos saber que ya había descubierto el manjar que teníamos entre manos y al que estaba acostumbrada cada vez que veníamos de pescar.
Casi terminando mi faena, con el cuchillo al raspar la pileta de cemento, hice un ruido similar al de las ruedas metálicas de los patines sobre el asfalto que usábamos cuando niños y sin levantar la vista le pregunté a mi hermano: -¿tenés idea donde quedaron nuestros patines?
Mi hermano hizo un silencio prolongado antes de contestarme y demostrando una seguridad envidiable dijo: - están en la casa de los abuelos en la piecita del fondo, el abuelo Job, a poco de morir su madre los guardó en ese baúl que tenía la abuela Sabina.
Ese comentario fue un detonante en mi corazón y cerebro y como transportado en el tiempo me encontré sentado una vez más en la falda de la abuelita Sabina – como solíamos decirle a la bisabuela – en una primavera de los años cincuenta debajo del limonero en el último patio, casi contiguo a la piecita del fondo, cuando con su narrativa excelsa me contaba sobre el pirata Malamano que le había regalado un cofre antiquísimo en gratitud por salvarle la vida en las minas de sal de Charañá en Bolivia, al ser herido mientras escapaba de unos bandidos chilenos, y hasta me parece ver y escuchar a Sara, la criada de la casa, almidonando las sábanas sobre las chapas de zinc, mientras entona esa canción monótona que cantaba en quechua.
Me bastó cerrar los ojos para rememorar aquella historia de la bisabuela Sabina, sobre los brazos humanos hechos en hierro forjado que tiene el cofre en su tapa y mi hermano, zamarreándome suavemente desde mi brazo izquierdo me dice: - ¡hey! ¿Te quedaste dormido? ¿Dónde estás?
Lo miré, me sonreí y le dije: - ¿sabés una cosa? ¿la semana pasada fui a la casa de los abuelos, estuve con Sara y por sacar la bicicleta para regalársela a Federico, el hijo de mi vecino, me pequé un porrazo de aquellos y ahora que lo mencionaste, recuerdo haber visto el cofre, que está apenas cruzas la entrada debajo de una estufa.
-¿y a que viene los de los patines? - dijo mi hermano.
¡que se yo! – pero me dieron ganas de patinar - dije apresurado. ¿Te acordás del abuelo Job cuando nos los regaló para reyes?, recuerdo que estaba muy contento porque se podían regular hasta para un calzado del cuarenta y dos y vos y yo, hoy no pasamos del cuarenta y uno, así que tranquilamente si le hacemos un mínimo mantenimiento con aceite o grasa en sus bolilleros, seguro nos podremos dar una alegría, ¡acordáte que éramos los mejores en el club municipal y hasta ganamos medallas por tres o cuatro años consecutivos! - dije como inyectándole confianza y ganas.
¡Pará dijo mi hermano! ¿Qué crees, que tenemos la misma flexibilidad hoy a los casi sesenta que cuando teníamos diez o doce años?
¡No salamín! – le repliqué - , sólo que me gustaría ponérmelos una vez más.
Me quedé mirando en el infinito la imagen de cuando mi abuelito Job me ataba las correas sobre los zapatos marca “Gomicuer” y al estar él en cuclillas y muy cerca de mí podía embriagarme con el perfume de su colonia “Vieja Lavanda de Fulton”, la que modificaba a propósito con otros perfumes creando una fragancia única con la que él se pavoneaba y solía decir: - Ningún hombre huele como yo y cuando me preguntan que fragancia es, con orgullo les digo que es un perfume francés que me envía un amigo desde Europa y los dejo mudos de envidia – y después soltaba una risita histérica y hasta solía escapársele alguna lágrima por contener la risa.
Mi abuelo Job era todo un personaje, siempre vestía trajes de confección de sastre y su porte era impecable, más que ingeniero, parecía un cirujano por su pulcritud y eso que a veces debía supervisar obras en plena construcción, pero él siempre como salido de una caja de regalos.
En realidad era el mérito de su esposa, mi abuela Azucena que más que esposa parecía su amante y hablar de ellos sería escribir una historia romántica tan dulce como la miel, y si a alguien salí payaso fue por él, porque siempre tenía un cuento o chiste a flor de labios y ni hablar de los chistes gráficos, ¡era un maestro con el lápiz y su humor cítrico!
Mi hermano me vuelve a la realidad y me dice: -¿querés que vayamos a buscarlos el fin de semana?; si las mujeres quieren acompañarnos almorzamos todos con Sara que no vemos desde hace una pila de años.
¡Dale!, ¡a ella le hará mucho bien y se la debemos! – respondí y quedamos con esa propuesta mientras me secaba las manos y tomaba mi campera y mi canasta con los filetes de pejerreyes para irme a casa mientras repartía besos a mi cuñada y sobrinos.
Cada tanto cuando estoy solo, converso con mi interior y quizá nunca lo mencione por temor a que me digan que estoy loco, pero esos momentos suelen tener una mística incomparable porque he llegado a tener largas pláticas con mi bisabuela Sabina y lo mejor de todo es que ella se muestra en la edad cronológica que desea, tanto puede ser una niña de rodillas huesudas, o la anciana que era cuando falleció a los noventa y ocho años, pero siempre me hace saber que es la bisa y debe haber mucho de cierto, porque si bien hace más de cuarenta años que murió, muerta y todo está re actualizada por que ella sola suele burlarse de su estado y me dice: - ¡mirá que soy la bisa, pero no la tarjeta de crédito!
De todo el conocimiento que he recabado hasta hoy, sin lugar a dudas gran parte se lo debo a ella.
Al poco tiempo de vivir su experiencia con el pirata Malamano en aquel pueblo boliviano olvidado por Dios, fue perdiendo la vista a causa de su exposición al reflejo del sol en la mina de sal al aire libre de la que era propietaria y explotaba con ayuda de los indios de la tribu Machis, hasta que conoció a quien fuera el padre de mi abuelo Job.
Nunca me animé a preguntar ni siquiera el nombre de mi bisabuelo, porque cada vez que se hacía alusión a él, quedaba nombrado entre líneas, como si hubiera sido un espíritu sin rostro y la realidad conocida era que la bisa había podido darle estudios a mi abuelito por heredar parte de la hacienda de una fábrica de vinagres finos en Cochabamba, Bolivia y que después dejó en manos de sobrinos dándolos ella por herencia, total el beneficio que había necesitado ya estaba, porque su único hijo, “Jobsito”, como le gustaba nombrarlo ella, ya se había recibido de ingeniero, tenían casa, algo de hacienda y algunas rentas.
Los cabellos de la bisa eran plateados como los rayos de luz de la luna y sus ojitos estaban velados con un manto blanquecino y parecían dos ostras abiertas como clamando luz hacia el cielo- su cuerpo extremadamente delgado era como una percha de madera a esos vestidos de hilo o algodón y sin temor a pecar de blasfemo, era más un esqueleto viviente hecho ser humano, cubierto con su piel mestiza y todo arrugado como la corteza fibrosa de la parra.
Su boca, con los pómulos y labios semihundidos porque no le gustaba usar los dientes postizos, pronunciaban un silbido suave al rezar como el murmurar del viento entre los cerros, mientras el rosario dibujaba serpenteantes retorcijos en sus manos, cuenta a cuenta, rezo a rezo, al conversar ella con Dios y con sus santos, en un ritual sagrado donde parecía acusar al demonio en sus andanzas, cuando le achacaba la culpa de tal o cual muerte de una persona conocida.
He pasado tantas horas en silencio a su lado, dejándome hechizar por sus encantos de narradora, que hoy de grande me doy cuenta que la mayoría de sus historias eran el producto de una mente sagaz, lúcida y creativa y si bien sus ojos le anularon la posibilidad de leer mucho, recibía la información necesaria o deseada por el amor de su hijo que cada día disponía para ella una hora o más de lectura y la radio en todo momento.
Mi apego a la lectura, sin lugar a dudas vino de su mano y paciencia y aunque su sentido del oído estaba muy desarrollado y detectaba cualquier error de pronunciación, era muy dulce al corregirme, lo que me incentivaba a seguir leyendo y mejor.
Su pieza era pequeña y austera y por mobiliario tenía una cama de una plaza, una mesa de luz y sobre ella una radio eléctrica a válvulas, una alfombra de cuero de llama y un ropero pequeño que para mí era como un santuario de donde ella sacaba las cosas más extravagantes con que me asombraba.
Quizá era su poder al fascinarme y hasta quizá de hipnotizarme.
Sólo yo y nadie más ha visto salir de ese ropero al mismísimo rey niño de Egipto, el faraón Tután Kamón, la serpiente de las siete cabezas, un príncipe de sal, un dragón adormecido sobre un almohadón de terciopelo rojo y el mayor bosque que nunca me imaginara con un pueblo entero de duendes, una isla habitada por Druidas y barcos Vikingos navegando por mares de monedas de oro al son de canciones celtas, sin contar que asistí en persona a Aladino a recuperar su lámpara maravilosa.
Ya sé que a esta altura de lo que digo se puede decir que estoy loco, pero no me importa ¿y saben porqué? Porque si bien hoy, no puedo decir si lo soñé, lo inventé o lo escribí alguna vez, que más da, si lo importante es lo que he vivido y lo que puedan pensar o decir los demás, es cartón pintado.
Y llegó finalmente el viernes por la noche, mi ex esposa había decidido hacer uso de su fin de semana con los niños, así que estaba sólo y libre, en mi más completa soltería de divorciado.
Antes del último noticiero llamé a mi hermano para ponernos de acuerdo sobre el viaje a la casa de los abuelos y me encontré con la sorpresa que él tampoco estaría libre el fin de semana, ya que en la madrugada del sábado llegaban sus suegros de Neuquén para pasar unos días.
A la soledad uno nunca se acostumbra, como tampoco se acostumbra a los dolores físicos o espirituales, pero los años van tallando en el alma el temple necesario para sortear esos momentos que caprichosamente nos impone la vida y aunque uno sea grande y esté por llegar a viejo, hay que hacer como decía el abuelo: “Venga de cerca o desde lejos, póngale el pecho y grite ¡Canejo!”
No solo por tener ocupado ese fin de semana, partí muy temprano en la vieja estanciera de mi padre modelo 1957 a la que reconstruí a nueva en su memoria y que tanto la quería. Casi siempre cuando le ayudaba a lavarla decía que “fierros como estos nunca más se fabricarían” y fue cierto nomás.
En realidad, sólo no viajaba, mi perra ovejera, “India” ya estaba sentada sobre sus patas traseras en el asiento del acompañante y con su lengua jadeante hacia un costado de su boca mientras sus ojos vivarachos, demostraban la felicidad del momento sabiendo que un día de paseo, gloria y aventuras nos aguardaba.
India, con medio pescuezo por fuera de la ventanilla, parecía beberse el cálido viento de la cordillera y el sinuoso camino de alta montaña parecía tomarle lección al viejo utilitario.
Vaya a saber cuántos cactus erguidos como soldados en guerra quedaron en el paisaje del camino para dormir de pié una noche más en la espesura de la inmensidad del Dios nacida, y cuántas estrellas escondidas del sol se llevaron el secreto de nuestro paso y me pregunto: - ¿en que bitácora de duendes quedará asentado este viaje, donde hombre y bestia comulgaron su simbiosis?
Promediando el mediodía desde lo alto de la montaña, majestuosa como palco del universo, se podía apreciar el valle donde se desparrama como arena dejada por el río, la gran ciudad que de a poco va aumentando la magnitud de su esencia hasta fagocitarnos sin piedad entre sus calles enmarañadas de semáforos, cables y carteles, diciéndonos por las claras que estamos en el tracto digestivo de ese monstruo de cemento, arcilla y asfalto.
Me detengo en la confitería Royal, mientras India queda de custodia en la estanciera y le compro a Sara una docena de alfajores de miel de caña porque sé que a ella le encantan y mientras manejo en dirección a la casa de los abuelos, voy imaginando las veces que deberé permitir que me dé las gracias y los besos calcados uno a uno que me irá dando, sin contar con la perorata de advertencias que me dará recordándome del golpe en la cabeza que me dio la semana pasada el maniquí de la abuela Azucena.
Manejar en ese estado subliminal a veces me preocupa porque no recuerdo el trayecto, aunque sé que como un autómata he respetado los semáforos y no he cometido infracción alguna y siempre, pero siempre, me pregunto de cómo hice para llegar, si no me acuerdo del viaje.
La mano de bronce y su cadena hasta la campana en la puerta de la casa de los abuelos, por enésima vez es molestada, su quejido musical nuevamente visita los oídos de Sara que por una rendija de la madera alcanzo a ver que viene rezongando entre su renguera y las baldosas flojas del patio.
¡Mi niño! - Dice con su cara preocupada al abrir la puerta y encontrarme y agrega - ¿ha venido solito y los pequeños donde andan?
La abrazo, le doy un beso y le entrego los alfajores de miel mientras caminamos rumbo a la cocina y voy escuchando su letanía de gracias, dioses y santos que ha invocado por verme de nuevo y tan pronto.
Sobre la cocina de leña descansa una marmita de hierro, de su boca humea algo caliente y el olor inconfundible de las humitas en chala delata mi debilidad por ese plato que se ve reflejado en mi rostro complacido por esos aromas.
Sin que pueda decir, esta boca es mía, Sara ya me ha servido dos pulposas humitas que indudablemente esperará que me las devore mientras ella oficiará de espectadora, como quien ve comer a un león en su jaula, para disfrutar ver comer a “su niñito”.
Sus palabras son una metralla de ofrecimientos, sus manos parecen ardillas inquietas y debo levantarle la voz aún en contra de mis principios, porque me doy cuenta que se está poniendo nerviosa en su afán de atenderme y me levanto, la abrazo nuevamente y siento en su sollozo el dolor de la soledad y la necesidad de hablar, de comunicarse, de sentir la voz humana de quien de alguna manera soy su familia.
Dejo que transcurra el tiempo, ella lo merece y su sollozo se va disipando a medida que se suena los mocos en su impecable pañuelo lleno de flores bordadas en sus años de adolescencia cuando robando horas de la noche preparaba su ajuar para casarse con su amor, un bombero de apellido Condorí, que falleció en un incendio cuando una viga lo aplastara.
Después de almorzar, Sara me prepara una cama en la pieza que fuera de mi madre porque la siesta calurosa amenaza con hacerle poner hojotas y lentes para sol a las iguanas y hasta el canto de los pájaros se detiene para que el astro rey muestre su fulgor y su fuerza haciendo silenciar a sus súbditos obligándolos a esconderse.
De la mano cobriza y callosa de Sara aparece un mate recién cebado con un poquito de cedrón y una pizca de cáscara de naranja, mientras la habitación aún en penumbras no me deja saber la hora y como adivinando esta bruja divina me dice: - Mi niño, son las cinco menos cuarto y no me atreví a dejarlo dormir más por las dudas tuviera que hacerle algún mandado.
Le recibí el mate y con la mano libre le tomé las dos de ella y sentí como si un cordón umbilical se trenzara entre nosotros y para mis adentros dije:
¡la puta que lo parió! ¡que pelotudo es el hombre cuando descuida sus
afectos!
Decidido a compartir todo el fin de semana con ella, le pregunté por India y me respondió: -¡esa malcriada suya se comió toda la carne del puchero, pero al choclo ni lo tocó! - ¡pero eso sí! - sentenció – no se movió ni un segundo de mi lado y me hizo aire con la cola de tanto que la abanicaba de contenta y todo porque a la pobre usted le da esa comida basura que viene en bolitas. - ¡Cosa de gringos! – acotó - y se fue a cebar otro mate mientras India la acompañaba a la cocina.
Después que me refresqué en el baño con una ducha para sacarme el calor de los mates que no pude rechazar, pues la hubiera herido de muerte le comenté que venía por los patines míos y de mi hermano que estaban el arcón del pirata.
- Mi niño – dijo ella llevando sus manos al rosario que siempre en su cuello luce colgado, - no toque ese cofre se lo ruego, debe de estar maldecido porque cuando mi prometido Condorí lo llevó de la pieza de doña Sabina a la piecita del fondo a pedido de su abuelo, esa misma noche murió en ese incendio y yo le oí decir a su finada bisabuela que quien no fuera el legítimo dueño del cofre no debía tocarlo, pues la maldición del custodio de los brazos de hierro forjado que tiene en su tapa se cobra con la vida del atrevido y como si eso fuera poco en menos de una semana su abuelo Job murió en su cama durmiendo
- ¡Sara, por Dios! - le dije – esas son supercherías, casualidades que la gente teje como verdaderas.
Agachó la cabeza y con una sumisión nuca vista me dijo: -¡está bien mi niño, como usted diga! y sacó desde abajo del delantal aquel manojo de llaves.
Nos dirigimos al fondo, a la piecita de los trastos y nuevamente la cerradura cedió a la segunda vuelta. El lamento de las bisagras sonaron amortiguadas, como si le hubiese dolido menos y allí, al alcance de mi mano estaba el cofre, debajo de una vieja estufa que retiré de inmediato y antes de que toque el cofre Sara me dijo entregándome un trapo mojado: - Mi niño, por favor, antes de tocarlo pásele este trapo, es agua bendita que me dejó el Padre Pablo la semana pasada para que cuando fuera al cementerio limpiara los ataúdes de sus abuelos.
Por respeto a sus años y su noble sentimiento apretado por lo que creí su ignorancia, agarré el trapo y al asentarlo sobre los brazos de hierro forjado que custodiaban el cofre, el agua bendita se evaporó como agua que cae sobre las brasas y un grito desgarrador y un relámpago salió de sus entrañas dejándonos sordos y enceguecidos en una noche que parecía sin retorno.
© Raúl Lelli
-FIN-
23:55 Anotado en CUENTOS | Permalink | Comentarios (8) | Email esto


Comentarios
Está en boga esto de los cuento autobiográficos. En estos tiempos posmodernos esa es una de las formas cuando el escritor rescata su propia identidad literaria. Me parece muy bien que tomes ese camino: es el que los lectores están buscando. Lustrá bien el cofre. ¿eh? Vilma
Anotado por: VILMA LILIA OSELLA | 22/11/08
Raúl: Buenos días, nuevamente muchas gracias por compartir “tus letras” y esta mañana sentado en mi escritorio “deguste” tu escrito.
Muchas gracias, la descripción de la “bisa” me hizo recordar mi abuela.
y… Estaban los patines en el cofre???
MAF
Anotado por: MIGUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ | 22/11/08
RAUL: A LEER TUS ULTIMOS CUENTOS O RELATOS HE PENSADO QUE SEGURAMENTE LOS REGISTRAS/
CADA UNO ES ESPECIAL, HERMOSO, LINEAL Y DIRECTO AL CUORE; SIN DETENERSE ANTE NADA.
SUPONGO QUE CON ESTA CORRELATIVIDAD YA HABRAS PENSADO EN EL LIBRO QUE SALDRA DE TODO ESTO.
SI NO PENSASTE EN ESTO!HACELO YA!
ABRAZO
GLADYS
EE.UU
Anotado por: GLADYS LINSMAN | 22/11/08
Genial! ¡Atrapante!!!!!!! y un final inesperado.Te felicito
Raúl: Me quedé con este párrafo "Vaya a saber cuántos cactus erguidos como soldados en guerra quedaron en el paisaje del camino para dormir de pié una noche más en la espesura de la inmensidad del Dios nacida, y cuántas estrellas escondidas del sol se llevaron el secreto de nuestro paso y me pregunto: - ¿en que bitácora de duendes quedará asentado este viaje, donde hombre y bestia comulgaron su simbiosis?"
Abrazote, Gra.
Anotado por: GRACIELA CASARTELLI | 24/11/08
Raúl: es como leer a tu abuelita Sabina = Te felicito.
Santiago = México
Anotado por: SANTIAGO CHAVES VALDEZ | 24/11/08
A ver a ver si, no? ,mmmmmmm àl estilo Mirtita Legrand, si te digo muy bueno, me dices Bea nunca me criticas ... si te digo rererebueno, me dices Hay Bea vos y tus xageraciones, bueno decididamente te digo rebuenísimo ¿si? y sin vueltas.
Bea ¡ahhhhhhhhh! se lo envío a mis amigos de Carlos Paz
besis Bea
Anotado por: BEATRIZ CID | 24/11/08
¡Yo quiero conocer a Sara!
Es una maravilla tene la fortuna de compartir el tiempo con nuestros viejos tan llenos de amor, de historias, de supersticiones, de tradiciones, de nuestro pasado...
Esta mujer que mencionas en varios de tus cuentos es un tesoro viviente. ¡Te felicito de corazón por retomar el amor cotidiano para ella!
Y en cuanto al cofre... ¡quiero saber si sí estaban ahí los patines!
Un abrazo.
Lilyan - Mexico
Anotado por: LILYAN DE LA VEGA | 24/11/08
Hechos y circustancias comunes y corrientes,se convierten casi en poesía si es Raul Lelli quien las describe:"...y con esa luz amarillenta y rojiza, la obscuridad retrocede y se acomoda en los rincones...".Hermoso relato Raúl!!!,me pongo de pie para aplaudirte!!!P.D:sigo esperando el final del cuento "casa de campo"
Maria Gloria Olmedo
Paraguay
Anotado por: MARÍA GLORIA OLMEDO | 25/11/08
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