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20/11/08

CATALINA VALVERDE LA MUJER DECAPITADA

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Haber nacido en la década del 50 implica muchas cosas.
En primer lugar nuestros padres siempre tenían la razón, aún cuando no la tuvieran y era inimaginable ver un hijo cuestionando a un padre.
Las reglas de educación y convivencia, quizá hayan sido muy estrictas, pero no fue motivo, que yo sepa, para criarme con algún trauma; además fui muy feliz, mastiqué chicles de todo tipo y compartíamos un trozo de ese chicle masticado, o nos convidábamos el chupetín o caramelo con algún amigo sin temor a contagiarnos de nada. Tomar agua de la manguera o del pico y jugar en la calle no reportaba peligro alguno y lo peor que nos podía pasar era romper algún vidrio con la pelota de goma que rebotaba para el lado que se le antojara, rasparnos una rodilla o meter un pié entre la cadena y la corona de una bici rodado veintiocho.
Como la televisión estaba en pañales la radio era el entretenimiento familiar por excelencia y las radionovelas despertaron en mí la fascinación por la narrativa, aunque siempre critiqué el adosamiento de sonidos para poner en situación a quien escucha, ya que desde aquellas épocas considero que un buen texto debe prescindir de esos artilugios que según yo envilecen el escrito y desmerecen al oyente.

Si no me equivoco, en el año 1960 la esposa del Dr. Oliverio Funes Barrancosa, prestigioso abogado del foro local, fue asesinada de una manera poco usual en aquella época.
La pobre mujer murió degollada.
Escuché a mi padre comentar en una reunión de amigos que esa muerte era una venganza por un ajuste de cuentas ya que este abogado parece ser no era trigo limpio y en alguna matufia andaba.
Sea como fuere, la muerta, que en vida se llamara Catalina Valverde y las circunstancias de su deceso, anduvo de boca en boca de cada pueblerino y hasta se llegó a comentar, que el día de los muertos se la podía ver caminando en los corrillos del cementerio, vestida con su traje sastre y sin la cabeza.
Un día, cerca de las seis de la tarde, mi bisabuela Sabina que era amante de los radioteatros estaba contándome una historia maravillosa sobre unos dragones, un rey y un castillo y como la historia daba para mucho tiempo más y se avecinaba la novela, me pidió que hiciera silencio para que ella encendiese el aparato de radio.
Como insistí para que finalizara el cuento de una manera poco conocida en mí y abrumada por mi capricho, no tuvo mejor idea que decirme que la finada Catalina algún día me cobraría esta chiquillada y que me asustaría al verla sin cabeza.
Así fue que la abuela Sabina pudo disfrutar de su novela, pero no contó con que no me hubiera asustado demasiado y trepé nuevamente a sus faldas, dándole unos arrumacos que siempre la podían ante mis caprichos y tratando de disimular su blandura, dijo: - En algún momento de tu vida te toparás con la Catalina decapitada y te acordarás de mí, y sin querer dejó escapar una sonrisa que se le escabullía por la comisura de sus labios arrugados como desenmascarando su mentiroso presagio.

Hoy pienso en la cantidad de historias que me contó a lo largo de nuestro romance y de cómo anidaron sus relatos en mi alma, tanto, que cada vez que escribo siento su presencia como dictándome cada palabra y hasta me corrige cuando pongo una frase mía sin consultarla.

Ayer mi editor me pidió, o mejor dicho me sugirió, que escribiese una obra de cuentos fantásticos y creo que el cuento central donde se moverá la trama será: “Doña Catalina. La muerta Sin Cabeza”.
Conciente que debía inspirarme en algunas antigüedades ya que quería centrar las historias en mi época de niño, viajé hasta la casa de mis abuelos maternos donde hoy vive sola una mujer maravillosa, criada de mi abuela.
Ella es Sara y se encarga de mantener la casa como si el tiempo se hubiera detenido, sólo que su rostro ya avejentado y ajado es el mudo testigo y almanaque implacable que nos recuerda del tiempo transcurrido.
Cuando llego, la campana de bronce atada a una mano del mismo metal que se encuentra en la puerta de entrada tiene el mismo tañar de siempre, su voz angular cruza el patio y en pocos minutos Sara y su cuerpo encorvado por el peso del trabajo y los años abre la puerta y gesticula con sus ojos como tratando de adivinar si soy yo de verdad o es un espejismo, pues, nosotros, los nietos de los abuelos que deberíamos cuidarla, sólo nos limitamos a que nuestro contador le envíe el dinero necesario, como pagando por nuestra ausencia y olvido.
En silencio y para mis adentros me reprocho la parte de culpa y actitud que me corresponde y trato de alivianar mi alma dándole un abrazo y un beso que nacen en el mismo vértice de mi corazón donde guardo sus mimos y un montón de culpas que ella se achacaba para que no me diesen una paliza y que alguna vez le costara tan cara, como para que no la dejasen salir un sábado a la noche con su enamorado, que solía presumirle desde el carro de bomberos donde trabajaba, y aprendí que el dolor por amor, tiene lágrimas que ni un manantial puede igualarlas.
Pasado aquel momento entre glorioso y triste, se agolpan mis palabras y las de ella me atropellan preguntándome por todos, como si yo fuese un diario actualizado de nuestra historia, y si debo decirles en qué momento cebó el primer mate o de donde sacó la pava, lo único que podría decirles es que debió ser mi duende quien le alcanzara los utensilios, porque a mi, jamás la mano me soltaba.
Cosas que tiene esa gente, que de buenas la vida se le escurre entre las rendijas de la vida de una familia que pudo ser suya y hoy la olvida, dando de si lo mejor, sin esperar paga.
La piel de Sara es cobriza, muy oscura y debajo de sus ropas de coya esconde un manojo de llaves asidas a un aro de metal como cuentas de un collar de carcelero.
A mi pregunta sobre si podemos ir hasta la pieza del fondo, ella no responde, se levanta y me ofrece su mano como si deseara guiarme en la oscuridad inminente que nos va a regalar la tarde y carga en el bolsillo del delantal los fósforos al pasar por la cocina, porque la luz eléctrica jamás fue instalada en esa pieza, quizá por un capricho de mi abuelo y dos hermosas lámparas de kerosene hacen escolta como viejos soldados egipcios tras la puerta.
Quizá es mi sugestión por tantos años de ausencia, que me parece sentir la presencia de mi abuela Sabina y hasta oír sus pasos sigilosos con sus chatitas de paño, que aunque suaves, hacían crujir igual los pisos de madera de la casa.
Sara acierta con la llave de primer intento y da dos giros, el picaporte cede mansamente y un chillido filoso se escapa de sus adormecidas bisagras como el grito quejoso de un desperezo forzado.
El interior guarda casi todos mis recuerdos y se que en la pared del fondo está mi primer bicicleta atrapada entre unos ganchos esperando el mágico rescate para que algún niño vuelva a montarla y pienso en Federico, el hijo menor de mi vecino y decido sacarla para llevársela de regalo.
Sara enciende con lentitud cada una de las lámparas y las vuelve a colocar en las paredes, y con esa luz entre amarillenta y rojiza la oscuridad retrocede y se acomoda en los rincones.
Ella me espera en la puerta, sigo hacia adelante, despacio, sorteando muebles, baúles y cajas se interpone en mi camino, una vieja heladera de hielo hecha en hierro forjado y madera y compruebo con mis manos si está en condiciones de soportarme si me subo, la noto firme y coloco mi rodilla derecha encima, doy un envión y apoyo la izquierda.
Arrodillado intento llegar hasta la bici pero no puedo, debo pararme donde estoy arrodillado y en la misma secuencia apoyo cada pié, muy despacio y ahora si, no sólo que está a mi alcance, sino que puedo desengancharla fácilmente.
Me resulta tan liviana ahora que para ella soy un gigante y giro bruscamente sin darme cuenta que hay algo a mi costado.
Su aparición imprevista me espeluzna y se me erizan hasta los pelos de la nuca y con su vestido sastre oscuro, Catalina la decapitada, se me hecha encima para matarme o darme el susto advertido por mi abuela.
La noche se apresura a entrar por mis ojos, una bruma espesa me ciega y los sonidos de cosas y bártulos que caen y se golpean entre si me resultan lejanos, Catalina me suelta y desaparece, la oscuridad reina junto al silencio y pienso si estoy muerto, o quizá aquello es la antesala del infierno.
Quién puede decir cuánto tiempo pasó, hasta que la pobre Sara logró rescatarme de esa maraña de muebles y trastos viejos, mientras me pasa un pañuelo mojado por la cabeza y la cara me dice: - ¡Niño!, ¡Niño despierte! ¡No me asuste por Dios!
Al volver en si y encontrarme medio aturdido entre sus brazos, ella con una sonrisa temerosa al ver que mis ojos la miran confundidos, para ponerme en situación se apresura a decir: - ¡Hay mi niño! Si viera el chichón que le hizo el maniquí de su abuela al golpearle la cabeza!

© Raúl Lelli
-FIN-

16:50 Anotado en CUENTOS | Permalink | Comentarios (5) | Email esto

Comentarios

Gracias por compartir y llevarme de la mano a través de tu narración a un viaje al interior de tus recuerdos y la magia que encierran.
Ascanio Casado

Anotado por: ASCANIO CASADO | 20/11/08

A mi que no me gustan las de horror...

¡Raúl! ¡Raúl! ¡Raúl! ¿Por qué me haces eso? Primero, esa imagen que me rehuso a mirar... aunque vuelve a aparecerse en dimensiones ineludibles en cuanto le doy click a "Leer más" para ver ahora que nos traes. Y luego, ya que me había relajado y disfrutaba enormemente la descripción excelsa de la casa de tu abuela, de la amorosa Sara, y de tus recuerdos de infancia, haces que se nos aparezca la tal Catalina y ¡me muero del susto!
Nunca leo historias de terror -ni las veo en en cine ni en ninguna de sus presentaciones-, de modo que de no haber sido por el factor sorpresa de tu texto, me habría perdido del deleite de tus letras.
¡Gracias!
P.D. Aunque mi foto pudiera parecer la de un espectro... soy un espectro miedoso.
MEXICO

Anotado por: LILIAN DE LA VEGA | 20/11/08

Raúl,me encantó el cuento!!! Sabés,a Juan Cruz le encanta la literatura fantástica y los relatos
en que la realidad tiene una vuelta de rosca que te envuelve en el juego de ir un paso más allá
de toda lógica...con retorno,como en tu cuento o sin él.
Bueno...como justo Cruz andaba por aquí,lo a caba de leer y le fascinó!!!.
Un abrazo
Alejandra -

Anotado por: ALEJANDRA | 20/11/08

Me gustó.
Liliana

Anotado por: LILIANA EIBERMAN | 20/11/08

¡Que lindo el cuento de la mujer decapitada! El maniquí nos trae a la realidad, pero nos queda la imaginación de lectores :.....¿Y si fue el fantasma de Catalina?
Un abrazo César y Celia

Anotado por: CÉSAR Y CELIA | 21/11/08

Los comentarios son cerrados